Winckler y su laberinto

 

Isael Petronio Cantú Nájera.

El fiscal general en Veracruz, Jorge Winckler, es un tozudo. Oaxaqueño de nacimiento trae en la sangre los arrestos de Porfirio Díaz y el relativismo axiológico de Juárez.

Hoy el Congreso de Veracruz en convocatoria expresa para un período extraordinario, votará si procede el juicio político en contra de él, por actos u omisiones en delitos tan sensibles a la sociedad mexicana y en especial a la veracruzana como lo son: la tortura y desaparición de personas.

Cualquier ciudadano memorioso debe recordar, que el actual fiscal, llegó a su cargo gracias al impulso del gobernador panista Miguel Ángel Yunes Linares y al hecho de que en su momento la legislatura tenía una conformación mayoritariamente panista, que le permitió ascender meteóricamente a ese cargo tan vital para la seguridad de la sociedad veracruzana; en su momento, el fiscal anterior, sometido a gran presión y bajo la pérdida de confianza por el gobierno panista, dadas las condiciones de grotesca corrupción en el gobierno de Javier Duarte, aceptó renunciar a su cargo y así dejar la vacante para que arribara Jorge Winckler.

La idea del gobierno panista, donde se puso todo el empeño y se dirigieron fabulosas cantidades del presupuesto para garantizar su triunfo, era volver a ganar y tener una larga era de gobiernos de derecha, obviamente alineando a los otros poderes y organismos autónomos en torno de su anhelada hegemonía: ¡Lástima el tsunami morenista lo sepultó todo!

Y entro los restos, salió a flote, la desconfianza entre un grupo y otro, obviamente la parte más visible es la propia fiscalía general del Estado.

El avance de los mecanismos administrativos para garantizar a los ciudadanos el debido proceso en medio de un sistema adversarial, tiene su columna vertebral en modelos de fiscalías realmente autónomas que no obedezcan ningún mandato político, sino que se basen en la pruebas fehacientes, objetivas, científicas para imputar verazmente a un ciudadano de delinquir y someterlo al debido juicio ante el poder judicial y este, al final de las tres instancias: emitir una condena, en uno u otro sentido, ya sea de condena o de absolución.

Antes en la Fiscalía, llamada Procuraduría, las prácticas de tortura para obtener la confesión del indiciado eran más que comunes, de igual modo, el imputar delitos a los opositores era la mejor manera de apartarlos de la política; la procuraduría no obedecía al recto sentido del derecho y la justicia, sino, a los fines políticos del gobernante en turno. También, la corrupción anidada en los ministerios públicos era y aún sigue siendo característica; pues para mover la pesada maquinaria se tiene que lubricar con pesos y centavos, de tal suerte que los culpables de delitos de alto impacto y con gran ganancia financiera, esquivaran la acción de la justicia sobornado a los investigadores ministeriales y luego a los jueces venales.

Todo eso, que es pasado y aún presente, tiene que terminarse y dar paso a un sistema de procuración de justicia que garantice a los ciudadanos, el debido proceso, con apego a los cánones que marca incluso el derecho Internacional.

La confianza no es un requisito que la ley exija para ser un fiscal; pero sin duda es algo más sutil que tiene consecuencias profundas en todo tipo de relación, por lo menos en lo laboral, la pérdida de confianza no requiere aportar una falta de probidad[1] ni una causa justificada de rescisión, para que el patrón la exponga como argumento para terminar la relación laboral; en el caso penal, está perfectamente tipificado el abuso de confianza; de igual manera en el derecho administrativo, particularmente en la Ley de Responsabilidades Administrativas para el Estado de Veracruz de Ignacio de la Llave, en el Capítulo II De los Principios y Directrices que rigen la actuación de los servidores públicos, en su Artículo 5º fracción VIII, dice textualmente:

VIII. Corresponder a la confianza que la sociedad les ha conferido; tendrán una vocación absoluta de servicio a la sociedad, y preservarán el interés superior de las necesidades colectivas por encima de intereses particulares, personales o ajenos al interés general;

Resulta pertinente reconocer que en nuestro sistema legal; la confianza es un elemento importante a pesar de la subjetividad del mismo; pero sin duda, bastaría preguntarle a los diputados y al propio Winckler ¿Qué tanta confianza se tienen unos y otros? Y seguramente recibiremos como respuesta que casi nada o nada; de igual forma a los grupos de la sociedad civil que se han confrontado con él, y que andan día a día buscando a sus familiares desaparecidos o a los millones de veracruzanos hombres y mujeres que según datos del INEGI[2], percibieron como inseguro a Veracruz en porcentajes de 89.9% en el año 2017 y de 88.8% en el 2018 años en los que ha fungido como fiscal. Obviamente la percepción de inseguridad es polivalente, pero sin duda, un círculo vicioso es la impunidad en la que viven los delincuentes que les permite seguir libres delinquiendo y esa es tarea de la Fiscalía General.

Es obvio que el juicio político contra el fiscal no lo es en contra de la Institución es contra él particularmente y que el nuevo gobierno, que le ha perdido la confianza, tratará de removerlo e impulsará un nuevo fiscal que se identifique con el nuevo programa político… pero eso Winckler no lo quiere entender porque está atrapado en su laberinto y seguramente llevará al extremo el pleito político, cuando sabe que no tiene ya la confianza del nuevo gobierno y menos de la sociedad.

Finalmente y lo peor de todo, es que la procuración de la justicia y particularmente la acción de la Fiscalía General del Estado, en lugar de estar trabajando de manera coordinada con los poderes del Estado, está más embrollada en defender al fiscal que en investigar los delitos que se cometen en Veracruz, tal y como lo pudimos constatar en la comparecencia donde los fiscales regionales, lejos de estar trabajando en su zona por esclarecer delitos y atrapar delincuentes, fueron acarreados a la más vieja usanza política del PRI, para aplaudir a su “patrón”… de pena ajena.

 
 

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