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  • Tenaris Tamsa
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¡Toro, Xico, Toro!

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Algo
deben de tener los toros que el propio Zeus, los tomó como su avatar y de esa forma sedujo a Europa, quien al ver al bello y albo animal se montó en él y este, metiéndose al mar la llevó a Creta, donde juntos procrearon tres hijos: Minos, Radamantis y Sarpedón.

Los
Toros están ahí y se reconoce que los de lidia empezaron a ser seleccionados por su trapío en la época de los Reyes Católicos (Siglo XV y XVI),
seguramente con la Colonia este tipo de toros llegó a América y con ellos las fiestas bravas.

Enfrentarse
al toro de lidia, cuya mole de más de 600 kilos puede machacar seriamente a cualquier animal, se vuelve mortal cuando sus cuernos, como afiladas lanzas, atraviesan como budín la carne del humano o de otro toro. La bravura y el constante ataque ante cualquier
movimiento hace del toro un animal digno de ser enfrentado con todo tipo de suertes.

Xico
(Nido de Jicotes), municipio de las Altas Montañas, está en las estribaciones del Cofre de Perote, muy cerca de Xalapa, la capital de Veracruz. En ese municipio sus fiestas patronales dedicadas a Santa María Magdalena en el mes de julio, tiene un atractivo
pagano que se ha consolidado como el centro de sus festejos: La Xiqueñada.

El
22 de julio, en medio de la fiesta religiosa, la calle principal del pueblo, que asciende levemente hasta topar con el atrio de la antigua iglesia, se entabla desde la noche anterior con el fin de contener a los toros de lidia que se sueltan para que la gente
los pueda “torear”.

No
solo el entablado ocupa a los vecinos, también la fabricación de gradas construidas con todo tipo de material y que ponen en renta el mero día de la suelta de toros.

Así,
la gente, que desde temprano llega, puede tener un lugar afortunado para mirar a los osados toreros que más que torear, corren despavoridos ante la arremetida de la bestia.

La
suelta se hace a las doce del día en punto, justo cuando un cohete lanzado desde la iglesia da el sonoro arranque; antes de eso, la gente de todas las edades y de varios estados de la república se arremolina en la calle principal degustando la comida local
y bebiendo los “toritos” de maracuyá, cacahuate, verde de Xico y decenas de sabores más, cuyo grado alcohólico termina haciendo sus efectos ante los rayos de un sol inclemente… Sombreros, sombrillas, gorras y todo tipo de artefacto que proteja del sol son
vendidos por cientos en los puestos callejeros y por supuesto camisetas y peluches de toros son comercializados por doquier.

Un
simple cálculo da cuenta de la importancia de la feria y de la Xiqueñada para las economías locales: el promedio de gente que llega a la fiesta está en el orden de los 15 mil visitantes y el gasto por persona nunca es menor a 150 pesos; lo que arroja una derrama
de uno dos millones doscientos cincuenta mil pesos diarios para la población.

Desde
hace un par de años, un fuerte movimiento animalista ha estado presionando al gobierno local y federal para que la Xiqueñada no se realice, argumentando la crueldad con la que se trata a los toros… pero al ver la cara de niños, de mujeres, de hombres, de gente
de todas las edades y estratos sociales, ninguno manifiesta sentimientos de crueldad, por el contrario están expectantes de lo que vaya a acontecer; seguramente, como sucede con muchos competencias y suertes, la gente está ansiosa por ver salir los toros y
corroborar que alguién puede lidiarlos o en caso contrario ser corneado por el toro. Espera saber quién gana: si el toro o el hombre.

Los
toros en esta ocasión fueron traídos de Michoacán, según me comentó don Sergio Estrada, quien es el coordinador de las fiestas en Huamantla, Tlaxcala, donde la “Huamantlada” y la ganadería de toros bravos está “blindada por ley”; donde el gobierno local y
federal reconocen la importancia cultural y económica de la fiesta brava; que es lo que el gobierno de Veracruz debería de hacer, comentó, mientras apretaba fuertemente su capote que utilizará unos minutos más adelante.

Por
su parte, el despliegue del grupo organizado cuyo membrete era Pro-Toro, empezaba a sacar a la gente de la rúa, indicando que pasara a las gradas; por los altavoces se escuchaba la explicación de la fiesta y se pedía al público el respeto al reglamento, solicitando
que los borrachos salieran de la calle principal y se abstuvieran de participar, mientras tanto el grupo organizador, empezaba a inscribir a los participantes, asegurándose que no estuvieran alcoholizados y dándoles una camiseta blanca con número que los identificaba
plenamente.

Tronó
a lo lejos el cohete, en las metálicas cajas, donde a cada rato se oían las coces de los astados, los hombres empezaron a levantar la puerta de guillotina y ahí estaba: fuerte, tensos los músculos, la saliva colgando de su labios y enfurecido ante el ruido,
los aplausos, los silbidos y los mil objetos que frente a su vista se movían sin ton ni son.

Los
toros no ven los colores como nosotros, tienen deuteranopia,
y no ven el verde ni el rojo, por lo tanto el toro no sigue los colores: ¡Si no al movimiento!

¡Ahí
está el toro!- gritó la gente y el toro se echó al ataque contra todo lo que se moviera en su horizonte; los jóvenes, en su mayoría, estaban agarrados de los bordes del entablado prestos a subir y salirse de la embestida del toro. Un niño, apenas ocho años,
que estaba delante de mí con su madre, vio al toro y se estremeció tanto ante la bravura del animal que se tapó los ojos y se agachó para que no lo viera, su madre lo abrazó y alcanzó a decirle: ¡No pasa nada, asi son los toros bravos!

Nadie
toreó a toro alguno, solo huían y trepaban cualquier cosa que los pusiera a salvo de los pitones y del empuje de una animal cuyo peso ronda la media tonelada. Los toros iban y venían si poder coger a ningún cristiano y entre el sol y la algarabía el cansancio
les fue llegando…

Un
joven más que torear jalaba con el capote, de color rosa desleído, la atención de los toros y por breves segundos mantenía su atención; luego, él mismo se salía de la línea de embestida para retirarse prudentemente del animal embravecido… la gente en el graderío,
si es que puede llamársele graderío a las estructuras improvisadas para el momento, rugía como en lo mejores cosos y como si el mismo Manolete estuviera realizando una arriesgada y ceñida Chicuelina o una gran y pausada Verónica con el toro pegado al cuerpo
del matador… ¡Olé, olé, olé!

Ningún
daño al astado, solo cansancio ante tanta gente corriendo y él subiendo y bajando intentando empitonar a algún desprevenido, pero no pudo, le habían alejado a los borrachos y los jóvenes que se apuntaron para lidiarlo, no tuvieron los nervios de acero ni el
fuerte corazón para sentir la punto negra pasar a unos cuantos centímetros de su piel, como si de una daga de obsidiana se tratara… ¡Torero, torero, torero!

Luego
la arriada, la lazada, el volverlos a los contenedores de dónde habían salido para regresar a los campos, allá en las tierras del Bajío, donde seguramente seguirán su vida de toros bravos.

La
gente, toda, mujeres y hombres, niños y adultos estaban felices. Tal vez, uno que otro insatisfecho que no logró ver sangre de ninguna parte, ni del toro ni de los humanos, puro divertimento y la necesaria adrenalina que fluye tensando el cuerpo ante cualquier
competencia que rompe con la monotonía de la vida cotidiana.

Se
acuerdan del niño, bueno pues paulatinamente se fue metiendo en la fiesta y perdiéndole el miedo a la imponente figura, que en ocasiones estuvo a medio metro de él… de su infantil pecho empezó a gritar: ¡Toro, toro, toro! agradeciendo a los animales la corrida…
todos nos paramos e imitándolo, como si de la Gran Arena México se tratara, gritamos: ¡Toro, toro, toro!

Bajé
de las gradas y me metí al tumulto y barullo de la gente y sentí la agradable sensación de estar en una feria popular auténtica, donde el público y las autoridades actuaron coordinadamente y donde los Toros bravos, estuvieron a la altura de la fiesta.

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  • Tenaris Tamsa

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